lunes, 4 de abril de 2022

Los ojos negros del otro lado (Melina Haedo)

Intenté de todo para escapar de él, pero esos ojos tristes me perseguían hasta en mis sueños. Tuvieron que pasar diez años para que por fin terminara ese martirio, fue cuando finalmente entendí lo que quería decirme aquella mirada que quizás ya no exista, porque yo también estuve alguna vez del otro lado. Así como ustedes lo están ahora o lo estuvieron alguna vez en su efímera vida. Yo también caminé por esas calles atiborradas de gente. Yo también transité monótonamente buscando qué consumir para aplacar los tormentos de la mente, queriendo pretender que existo, así como ustedes.
No somos tan diferentes como suelen decir. Repetimos lo que hace el otro y tal vez sea por miedo a no saber quiénes somos, a ser considerados extraños o quizás… ¿anormales? Así como ustedes miles de veces pasé cerca de él, casi pisándolo como si no lo viese, como si fuese una piedra que debemos esquivar para no tropezarnos. Y claro, haciendo lo que los demás hacen: conversando con algún cuerpo que me acompañaba en ese paseo, escabullido en la pantalla del celular si es que me encontraba solo, o girando un sinfín de veces la cabeza hacia las vidrieras pensando en cosas sin sentido; como en qué tengo y no tengo, así como ustedes. Cualquier cosa servía de pretexto para no mirarlo.
Todo era en vano o quizás... ¿Una señal? Porque de igual forma miles de direcciones nos llevaban a él. Si íbamos, si volvíamos o cruzando las calles desde diferentes lados, pero siempre con los ojos cerrados puesto que no queríamos aceptar que estaba allí y, ¿saben por qué? Porque siempre hacemos la vista gorda a lo que creemos que no nos afecta, hacemos que nos da igual si está o no está ahí ya que creemos que no es nuestro problema. Si tan solo una vez miraran con el corazón y no correteando sin sentido verían los zapatos lustrados de la gente rozando su cuerpo delgado, y qué decir de las bolsas de ropa nueva que yo acababa de comprar, cruelmente humillaban sus andrajos sucios y descocidos. Ahora que dejé la rutina que englobaba mis pensamientos puedo decir con claridad todo lo que pasó esa tarde, es como si mi mente quisiera recordar cuándo comenzó todo, detalle por detalle para torturarme aún más y no la juzgo si ella está en lo correcto.
Yo quise evitarlo como todos los demás, seguir solamente mi vista como todos los días cuando iba a cumplir con mi labor de ciudadano adaptado a una sociedad, sin embargo ese día fue diferente… necesitaba mirarlo, echar un vistazo a aquella oscuridad arrinconada en la vereda. Jamás imaginé que allí comenzaría mi calvario, sólo bastó ese cruce de miradas para originar la culpabilidad en mi ser. Vi sus ojos negros hundidos en una profunda tristeza y sus ojeras moradas hacían que resaltaran aún más aquellas pupilas de dolor. Aterrador. Lo sé, después de diez años comprendo que en ese momento quiso advertirme algo. Tal vez que, ¿cometí un error al mirarlo?, o que, ¿debí ayudarlo para no acabar ignorado como él? Sí, habrá sido eso, yo era su única esperanza en aquel momento, el único que lo vio abandonado a su suerte. De igual modo, ambos no pudimos escapar: él, del infierno en el que vivía día a día y yo, de sus ojos tristes.
Muchos años deseé no haberlo visto, juré jamás volver a salir a la calle. Pero él de alguna forma venía a mí. ¡Yo era el elegido! Esa tarde en que lo vi seguí mi camino como si nada hubiese pasado, como si aquello perteneciera a la rutina. Recuerdo que al llegar a mi casa preparé la mejor cena sólo para mí. Miro hacia atrás y todavía veo claramente esos platos cargados con alimentos de todo tipo para complacer a mi cuerpo. Así como lo imaginan, era más de lo habitual. Ahora sé por qué los devoraba fugazmente. Quería olvidar aquellos ojos negros. Sé que en lo profundo de mi ser también sentía que quizás algún día ya no tendría una cena así. Después de tantos años comprendo que fui cruel al no pensar en aquel “vagabundo” como suelen estereotiparlo. No creo que él haya querido terminar así, turbado en su angustiosa vida. Fue cruel el no imaginarme si probó algún bocado mientras yo practicaba la gula como dicen los católicos. Yo inocentemente sólo quería borrar lo sucedido.
Miro salir a la gente apresuradamente desde diferentes direcciones, rodeados por una burbuja que no les permite mirar más allá, puesto que están del otro lado y pienso en aquel indigente, como yo solía llamarlo. Conjeturo que esa noche mientras yo devoraba mi comida, él buscaba restos de lo que yo tiré, al igual que ustedes, en algún basurero mezclándose con quién sabe tantas porquerías. También deduzco que tal vez no haya tenido fuerzas para levantarse porque el vapor que emana de las veredas en verano lo hubiese dejado obnubilado, así como a mí, que hoy ni siquiera bebí un vaso de agua fría. ¡Nadie me vio! Ha de ser por eso. La verdad más certera que tengo es que él se habrá dormido por cansancio, pensando que al día siguiente tendría más suerte.
Afirmo que merezco estar aquí porque fui un tonto al sentir miedo de aquella mirada, si esos ojos sólo querían un poco de compasión. Me he preguntado miles de veces por qué no volví, por qué no le ofrecí un baño caliente y un colchón en donde dormir si yo vivía solo. ¿Qué podría hacerme aquel viejo sin fuerzas? Quizás contarme cómo fue que terminó allí, solo, como yo. Ahora, acostado y mirando los zapatos pasar al lado mío me pregunto: ¿Cuánto tiempo habrá pasado aquel hombre sin hablar con alguna persona? Hasta hace poco no me imaginaba vivir sin conversar, contar anécdotas sin ser rechazado. Sólo me quedaban las esperanzas de crear amigos imaginarios para contarles mí día a día, para no perder el lenguaje que mis padres me enseñaron. Aunque hoy lo entiendo. ¡Sí! Estaba pagando el karma por haber sido indiferente, por haber pensado sólo en mí.
Pasaron días, meses y años de aquella angustiosa tarde en que lo vi. De igual modo, esa mirada seguía intacta al cerrar mis ojos. A pesar de que almacené en mi memoria un sinfín de momentos felices, no fueron suficientes para esconder sus pupilas que ya eran parte mí. Comprendí que aquello fue un pacto, como el vínculo que tenemos con quienes amamos. Ya no podía ser el mismo de antes. No podía disfrutar de una cena o reunión con amigos porque algo me faltaba. Me sentía hipócrita cada vez que tiraba los restos de comida ante los ojos de todos los demás e igual lo hacía para sentirme parte de algo que ya no quería ser. Intenté ser diferente aunque ahora sé que me faltó valor. Lo único que debí hacer es sentirme ignorado, como si nadie me viese.
Afirmo que fui un cobarde, en mis manos estuvo la posibilidad de ayudar a alguien y la de lograr que muchos imitasen mi acto de solidaridad. Odié a mi yo del pasado. Odié lo que fui y que tantos amaron. Tanta insensibilidad cargaba el mundo. Todos diciendo ser buenos cuando a la vez desconocían a quienes se presentaban en su camino. ¿Cómo no verlos? ¡Estaban allí!, en el centro de la vereda queriendo ser percibidos mientras a su alrededor repartían folletos sobre amor hacia el prójimo los que veían sólo lo que querían ver.
Oí miles de veces a humanos sin cumplir su rol de humanidad decir que los que viven en la indigencia es porque así lo quieren, que no aceptan ayuda. ¿Será que pensaron alguna vez que ellos tampoco se animarían a ir con un extraño que tal vez hoy les ilusione y después lo olvide, dejándolos abatidos y perdidos entre multitudes? Es muy fácil hablar desde el otro lado porque yo también enuncié aquella frase cargada de egoísmo. Yo hablé sin decir palabras pretendiendo ser un Dios con derecho a juzgar. Puedo decir de este lado que sólo querían ser escuchados, ser vistos para sentir que existen. ¿Quién no habrá sentido que su vida ya no poseía importancia y se habrá metido en el centro para que lo viesen, para que le digan que sí importan aunque fuese una mentira? Muchos lo habremos hecho. Tan sólo para ser mirados por los que están del otro lado.
No me siento mal por formar de parte de los muertos en vida, si estoy pagando lo que alguna vez evité. Sé cómo y cuándo fue el proceso en el que me fui consumiendo poco a poco hasta terminar aquí. Creo que estaba quedando loco por tener tantas pesadillas causadas por aquellos ojos negros. Intenté tanto fingir que no existían que terminaron buscándome dentro de mi ser, dejándome consumido. Sé que fue la culpa; una vez que abres los ojos ya no puedes cerrarlos.
Estando en la calle creí que sería el final de mi afligida existencia. Giré alrededor de unas cuadras buscando mi lugar y así pasé varios días que se convirtieron en años. De vereda en vereda. Ya no sabía cuál era mi aspecto. Había días en que los ángeles, como los llamaba puesto que no veía sus rostros, me dejaban alguna fruta o abrigos en mi aposento cerca de un basurero. Una noche, cuando ya creí olvidarlo, volví a soñar con aquellos ojos negros y decidí buscar el lugar en donde los vi por primera vez. Ya no tenía fuerzas, yo era un muerto andante que cruzaba como fantasma entre los que dicen tener vida. Logré encontrar aquella vereda. Decidí enfrentarme a él por si lo veía, aunque sé que habían pasado tantos años de aquel día. Por un momento me sentí afortunado por estar de este lado, pensé que quizás lograría hacer más de lo que alguna vez tuve la posibilidad de hacer y no lo hice. Me senté en la vereda que alguna vez ignoré, y decidí mirar los ojos de quien pasase aunque sabía que me costaría horrores. Así pasaron los días hasta que ardió en mi pecho la necesidad de levantar mi rostro. Vi a un joven solitario que miró hacia donde yo estaba. Sus ojos se fijaron en los míos. Sentí escalofríos. Eran aquellos ojos negros que me inquietaron por tantos años.

Sobre la autora:
Melina Rafaela Haedo tiene 25 años y es oriunda de la localidad Ruiz de Montoya. Es Profesora en Letras. Le gusta escribir desde el sentir y desde el fluir con aquello que vemos sin ver.

Menciones: Tercer puesto del II° Concurso Provincial Literario “Andrés Guacurarí” con el cuento “Confesiones de un alma abatida”.

IG: meli_haedo

Blogger: https://melihaedo.blogspot.com/




lunes, 7 de marzo de 2022

La defensa ante todo (Cecilia Salazar)


Siempre mal aprendida y mal educada, la defensa en lo cotidiano
En lo salvaje radica ese instinto que necesito para sentir-me viva
Copando paradas
La estructura da rancia fachada
y sos tan vulgar me dijo
Como si eso fuera un defecto
Le respondí con un 'gracias'
Porque abrazo y me pierdo en el vulgo, en lo disruptivo
También en aquel infranqueable mar que estrecha narices respingadas que huelen culos ajenos en vez de olerse el propio, sólo por tener un título, privilegiados.
"Intelectuales, abominables personajes"
Habría que avisarles que eso no los transforma en personas
Que uno es digno desde que puso un pie fuera de la panza y no merece menos que nadie.
Que la sociedad revictimizante no nos coma la cabeza de que somos buenudxs, porque los que se aprovechan son los pelotudxs
Y a quemarropa disparar verdades que trascienden cualquier chaleco
En lo cotidiano la defensa,
un taxista que te levanta la voz,
pero insiste en que él no te faltó el respeto.
Un susodichx que quiere manipularte, quieren infligirte una culpa que no es tal,
no soy responsable del cuento que se cuentan, a mí no me van a venir a juzgar y eso a los machis de turno les revienta.
¿Cuándo fue que me convertí en Peggy de Mad Men?
Quieren Don Drapearla pero acá ya no es
La defensa como modus operandi en mi vida
El machito violento que te hace callar porque se la dijiste y diste en el ángulo,
la defensa en lo cotidiano
de la gente que te manda a tu casa en la casa ajena
La defensa siempre
Ante todo y ante todos
La dignidad primero
Namasteadores vemos, puñales por la espalda no sabemos
Hippies con OSDE, de nada sirve decir que sos del "under" si no te emancipaste económica y psicológicamente.
Cuestionate los privilegios darling.
Ya no tolero giladas
porque al igual que Elmo,
también voy a terapia
Así que arrivederci hermanos.
¿Quiénes son estos hipócritas que nos quieren juzgar?
Nos tomamos cinco minutos y a todos les doy un té (valeriana everywhere)
Administro mis energías hoy escasas
Me cansé de los pseudo todo
Hay que ir al supermercado y comprarse una vida, coherencia
O manden vida al 2020, quién les dice...
Centrar, coordinar pero darle en el centro esta vez para optimizar la resiliencia que sacude y estremece
Me la sudan en barra
Los que dicen que yo... ¿Qué?
La defensa ante todo y ante todos.
Resguardar la dignidad
Lo último que nos queda


lunes, 28 de febrero de 2022

Diciembre del 2017 en la Unidad Correccional de Menores de Misiones (Martín Mazal)

Basado en un hecho real

Se despertó en un lugar poco habitual. Le costó reconocerlo, pero cuando vio las banquetas de metal en las que se había sentado tantas veces para que le vendasen alguna herida o le aplicasen una vacuna, se dio cuenta de que estaba en la salita del Instituto Correccional de Menores Varones. Intentó darse vuelta y seguir soñando, hace años no se acostaba en un lugar tan cómodo como esa rasgada camilla, pero cuando la aguja del suero le dio un tirón en el brazo tuvo que volver a la realidad.
En contra de su voluntad, empezó a recordar por qué estaba ahí. Su última imagen antes de perder el conocimiento era la de sus compañeros de pabellón corriendo de los guardiacárceles que avanzaban y les tiraban con las itacas. Hasta vio que el Cabeza se había tirado al piso junto a él, tomándose la pierna derecha que le sangraba por un perdigonazo. Recordó que había permanecido en el suelo durante todo el motín, perdiendo y recuperando cada tanto el conocimiento, mientras se desangraba a través de los cortes que se había provocado con la cuchara que había robado a alguien del pabellón del fondo.
Antes de la corrida, habían estado todos presionando contra la reja. Gritaban cosas como “Dale loco, ¿no ven que es una emergencia?” “Llamen al doctor ¡Se va a morir!”. Los guardias, del otro lado, hacían mayormente silencio, y una vez cada tanto alguno respondía “que se muera, menos trabajo para nosotros” o “a ver si así les alcanzan las camas”, agitando aún más a los pibes.
La cosa empeoró cuando, de la bronca, a alguien se le ocurrió arrojar por sobre la reja los pedazos de revoque que habían desparramado por el suelo. Pronto toda la gurisada empezó a imitarlo, y empezaron a darle golpecitos a las paredes para sacarle más pedazos. No les fue difícil, el muro estaba tan viejo que no ofrecía resistencia. La cosa no parecía que se iba a calmar, había proyectiles para rato.
El Chiqui, un polaquito flaquito de catorce años constantemente atormentado por los del fondo, permaneció todo el tiempo junto a él. Lo miraba y miraba el quilombo. Se notaba que quería ayudar, pero no sabía qué hacer con sus manos, que le temblaban mientras dudaban donde apoyarse. Miraba la sangre que ya formaba un charco y se ponía pálido, parecían competir por quién se desvanecía primero. Cuando los guardias decidieron entrar a los tiros, cansados de tanto alboroto, recordó que uno de ellos lo empujó fuerte al pibe, que chocó contra la pared para rendirse en el desmayo. Además de la pierna del Cabeza, fue el último recuerdo que tuvo antes de despertarse en la camilla.
Cansado de repasar lo que había ocurrido, se frotó los ojos e inspeccionó la salita. No había señales del personal, probablemente habrían llamado a una enfermera para que venga en dos patadas a ponerle el suero y se fuera de nuevo a su casa. En la puerta lo vio parado a Maidana, uno de los penitenciarios más nuevos que, al juzgar por su cara, no le había hecho ninguna gracia tener que estar de plantón por culpa del pendejo de mierda.
Le preguntó qué día era, para enterarse que había dormido solo un día. Preguntó por el médico, le contestó que no era lunes. Preguntó si alguien se había comunicado con su vieja, le dijo que no. Preguntó si alguien, el juez o la fiscal, se habían enterado de lo que había sucedido, si había avanzado su causa. Si al pedo se había cortado las venas y provocado un motín, básicamente. Si después de 4 años, se dignarían a dictarle sentencia.
Maidana giró la cabeza, para dedicarle desde lo alto una mirada severa –Dejá de joder pibe. Agradecé que estás vivo todavía –le respondió. En la cárcel, si un guardia te mira, es solo para cagarte a palos.

lunes, 21 de febrero de 2022

Mitad de tabla permanente (Fabián H. Medina)

Siempre afuera del podio
Parteneres de la mediocridad
Medalla al mérito a la abulia

Un poco infames
No tan simples
A veces rebuscados

Todos mentimos
Todos robamos
Algunos se rinden
Otros negociamos
Todos fingimos

Danzamos como idiotas
junto a la hoguera de la mediocridad
Mitad de tabla permanente
Herederos de lo infame
Una novela incompleta en Comic Sans

Hacemos que no nos importa
pero somos puro veneno




lunes, 14 de febrero de 2022

Confusión y verano (Belén Laft)


El verano más ardiente de la historia sigue su curso, febrero parece un mes pálido que anhela un viejo carnaval. La ola de calor sofoca cualquier picardía y aletarga los encuentros. Pero la noche parece agradable hoy, un viento salvaje invita a salir a pasear y a jugar a provocar al azar. Un grupo de amigues acuerda encontrarse en el bar de siempre, ubicado en una esquina céntrica de la capital, donde las diferencias de la gente de la ciudad se encuentran en la vereda para brindar y se permiten una tregua como si fuera carnaval. 
Son las 03:45, se acomodan en una mesa de afuera después de bailar y escuchar una banda de funk. Entre tragos que vienen y van, la gente levanta más la voz, algunos llegan, otros se van, y las risas aumentan como el humo en la vereda. 
Gabriel manda audios diciendo que está con sus amigas, y les pide para sacarse una foto mientras las invita al cumpleaños de su amigo Emiliano, con el que estaba hablando, y el mismo con el que Rebeca tuvo un romance, breve e intenso para ella -y al que no podía olvidar- a pesar del tiempo, los cuerpos, las lágrimas y los intentos. Era uno de esos famosos flechazos a primera vista que termina en forzosa despedida. 
Ya habían pasado un par de inviernos pero de alguna u otra manera seguía astillado, molestando, ocupando espacio, sin poder amarlo, odiarlo ni olvidarlo. 
Gabriel lee en voz alta la respuesta de Emiliano, que bromea felicitando a su amigo por estar en buena compañía, haciendo referencia a Juana, a quien por lo visto conocía. Rebeca se tensa y agudiza sus sentidos como un zorro con el objetivo de captar toda la posible información que confirme si Emiliano estuvo con su amiga Juana o si mantienen algún tipo de relación íntima. Al mismo tiempo que Juana se escribe con Luciano, su romance actual, con el que Rebeca había tenido sexo ocasional hace unos años atrás y Juana sabía porque se lo había dicho Rebeca. 
Una angustia oprime a Rebeca, su respiración se vuelve pesada pero dentro de todo, lo maneja con mucha calma. Le pregunta a Juana qué onda con ese chico, si lo conocía o si tenían algún tipo vínculo. Y Juana, que al estar chateando con Luciano, entiende que se refiere a éste. Le contesta con tranquilidad que se ven cada tanto y que pasan juntos varios días, que la pasan muy bien y que disfruta mucho de su compañía, a la que califica como tierna y agradable. A todo esto, Rebeca queda muda y respira por los ojos que de pronto no encuentran punto fijo capaz de librarlos del garrón de mirar a su amiga enamorada del mismo varón que la dejó con el corazón roto, hablando sola en el frío de un invierno, y del cual creía seguir enamorada para peor de todos los males. Sólo atina a decirle que para ella fue el amor de su vida con la voz entrecortada, mientras desliga un trago de gin en su garganta. 
La idea de una vuelta romántica quedó completamente fracturada, más de lo que ya estaba. A Juana también se le desdibuja la cara con esa declaración, desesperada comienza a hacer preguntas: ¿Desde cuándo? ¿Cómo? Rebeca se rehúsa a responder y decide optar por resignarse antes que volver a indignarse como las otras veces donde cruzaba a Emiliano con su novia o con aquella amante que la había botoneado en un tema delicado. No la quería a ella, eso era lo único que quedaba claro, y a estas alturas, ella ya no lo necesitaba.
—Hace un par, ya no importa igual, contesta Rebeca.
—¡A mí sí me importa porque quiero entender!, reacciona Juana. Me siento como la mala de la película que se metió en tu historia sin saber. No sabía boluda.
Gabriel irrumpe en la conversación y trata de convencer a Juana de terminarla.
—No importa eso amiga, no sirve saber cuándo ni dónde… Lo importante es que y ya sabés lo que tenés saber. El tipo se maneja en la noche y ya sabías que esto podría pasar con Rebeca o con cualquiera. Esto es así.
—¡Pero yo quiero saber!, replica Juana.
—No hace falta amiga, contesta Rebeca y se suspenden en un incómodo y breve silencio.
—Me choca, pero ya no siento nada. Es como si algo que para mí era todo en algún momento, ya no lo es, como si lo hubieran extirpado, como un miembro fantasma que todavía siento que está, pero sin cuerpo.
—Yo no puedo creer que esto esté pasando, responde desanimada Juana.
—Pedimos la cuenta chicas y nos vamos, suficiente por hoy, interrumpe Gabriel.
Rebeca sabía que por más triste que fuera tenía que dar cierre a esa historia, había algo más fuerte que la propiedad privada, el egoísmo, la codependencia o todas esas cosas que tanto nombraba su psicóloga. Sabía que lo que sintió no fue un invento, Un amor profundo hasta los huesos y al mismo tiempo tan sublime y frágil como la sensación de sostener por primera vez a un bebé. Sabía que la magia de las miradas existía y que sonreír durante horas después de conocerlo no era algo que pudiera suceder sin que actuara la causalidad, a la que tampoco podía culpar por idealizar en exceso y no saber cómo amar. Después de aquel suceso, había dedicado meses, días y horas para resetear lo que entendía del amor, porque ya no había más lugar para una decepción como fue la anterior, y la anterior a la anterior y así. Llegó a su casa y pensó en la posibilidad de la revancha con Gabriel, “amistad con amistad se paga", pensaba, pero desistió porque estaba muy ebria y esa idea tampoco era la más adecuada al fin de cuentas. Se acostó acongojada, deseando no recordar nada.
Al despertar al otro día, la inminente realidad seguía. Ella sentía que tenía que actuar y enfrentar la situación con su amiga, que también le había dejado varios audios de whatsapp. Juntó el coraje para escucharlos. Sostener la tragedia cuando una persona que querés te cuenta cómo entrega y ofrece su mejor versión a tu ex y cómo viven una película romántica donde ya no sos la protagonista, a pesar de seguir conectada con los personajes, es algo con gusto evitable. La imagen de su amiga y el “ex amor de su vida” enamorados le resultaba inconcebible, un sinsentido que no le dejaba otra opción que sentirse doblemente egoísta y culpable por no soportarlo, sobre todo porque quería a sus exs lejos de su vida cuando la cosa ya no funcionaba.
Sabe que sólo la renuncia absoluta es la medicina para ese malestar. La certeza de la libertad que ella misma anhela como una expresión de su nueva idea de “amor” pero esta vez, le trae una sensación de alivio. Como si hubiera encontrado por fin una pieza que buscaba desde hace mucho tiempo.
Al darle play a los audios de su amiga, Rebeca descubre la confusión de Juana, que también creía que su enamorado tenía una historia con ella, e intentaba digerir su confesión de amor de la noche anterior. Rebeca lanza una carcajada y se da cuenta de lo tonta que pueden llegar a ser por “amor” y del alivio que siente al safar de eso.
—Yo nunca estuve con Emiliano ni pienso hacerlo amiga, es muy romántico y suave para mi gusto. Sólo hay buena onda por una anécdota que quedó del cumpleaños de Gabriel, y en todo caso, me gusta su hermano, contesta en un audio Juana.
—Igual me di cuenta de que ya no estoy enamorada de la misma forma, y ya no me duele tanto. Sólo fue un espasmo, dice en tono alegre Rebeca.
—Lo importante acá amiga, agrega Juana, es que nos dimos cuenta de que tenemos gustos diferentes.



***




lunes, 7 de febrero de 2022

Por Tucumán y Buenos Aires (Matías Espinosa)

La cosa fue así, pasó hace un rato nada más. Veníamos con Nadya de sacar unas fotos por ahí cuando me dice:
–Che, Mati, tengo que sacar plata del cajero para comprar las burguers.
–Oki, mandale.
Llegamos al cajero que está por la Tucumán y Buenos Aires, en la esquina de la seccional nosecuánto. Para la hora que era (22.56) no había un alma en la calle, por ende, no había nadie haciendo fila para usarlo.
La Naducha entra, mete la tarjeta, teclea la clave, consulta, caja de ahorro en pesos, imprimir comprobante, no, 500 pesos, extraer. El aparato en cuestión empieza a hacer girar sus entrañas, brrrrrrrrrrrrrrrrrrr, gira un poquito más, abre grande la boca y... naranja.
–Che, no sale nada –me dice. Yo que la esperaba afuera arrimo la cara por la rendija de la puerta e intento ver desde lejos qué pasaba.
–¿Segura que pusiste para sacar money?        
–Emm, sí, segura.
–Ahí te salió algo en la pantalla, mirá.
Las típicas letras blancas del Banelco decían: "extraer de nuevo?" Así, tal cual, muy poco serio sin la mayus y el signo de interrogación al principio.
–Nah, que voy a sacar de nuevo, seguro me están descansando la plata. ¿Cómo hago para sacar la tarjeta?
Empieza a tocar los botones, uno a uno. Nada. Toca todos hasta llegar al que confirmaba la operación.
–Bueno, ya fue.
Lo aprieta. Ruido de tripas cajerísticas. Se abre la ranura por donde debería salir la plata y esta vez sí pasó algo, empieza a sonar una cumbia a todo trapo.
–Dios, ¿qué pasa?
–Jaja, no tengo ni idea.
Con todo lo que tardamos, afuera ya empezaba a formarse una fila.
–¿Qué hago, Matías?
–Jaja, no tengo ni idea jaja.
–Chicos, ¿van a tardar mucho?
–Señora, no sé que le pasa al cajero. Quería sacar plata y se pone a pasar cumbia.
–No suena tan mal. A ver, dejame pasar, te ayudo –dijo la vieja y entró con nosotros. –No, no sé que le pasa, no anda ningún botón. Andá a buscar a uno de los policías acá al lado - me dice.
–Señora, no creo que sepan cómo arreglar esto.
–Andá te dije.
Mejor hablar con la gorra que bancarla a la vieja. Salgo, ninguno afuera, sin embargo, la cola ya iba hasta mitad de cuadra. Mientras voy caminando en dirección a la puerta de la seccional me para una flaca y me pregunta:
–Che, ¿tu novia va a tardar mucho?
–No tengo ni idea, ¿por?
–Hace quince minutos está frenada la cola, queremos entrar.
Me di vuelta y me fui, cero ganas de explicarle. Llego a la puerta y había un policía sentado. Lo llamo, viene, le explico para qué lo necesito, asiente, llama a otro para que ocupe su lugar, me acompaña, llegamos y desde la puerta dice:
–A ver señorita, déjeme pasar. ¿Probó tocar este botón?
Uno rojo chiquito que estaba arriba del monitor.
–No.
–Bueno, pruebe.
Prueba. La música cambia, una cumbia conocidísima, se hace más fuerte. De la nada la vieja se pone a bailar.
–Marcelo, vení, dale.
Entra el marido, la agarra de la cintura y se ponen a bailar.
–¿Vio? No era tan complicado –dijo el cana y se fue.
–Banca, vení, ¿no ves que no pudo sacar la tarjeta?
Ni bola me dio, simplemente se fue.
–Ay, nena, bailá dale.
–No, señora, déjeme.
–¿Podemos pasar? –dijo la flaca de la fila– Hace veinte minutos estamos acá con mis amigas esperando.
–Sí, pasá –dijo la vieja.
Entraron tres pibas vestidas como para ir al boliche.
–Permiso, permiso. Male, Ale dijo que ya está llegando.
–Bueno, cuando venga decile que pase nomás.
Y casi al instante entra un chabón que era un ropero con patas.
–FAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, LA LUZ SIGUE PRENDIDA, PERO QUE LINDO VELORIOOOO.
Las cuatro pibas estallaron en carcajadas y las luces se apagaron. No sé cómo pero un juego de luces LED se encendió y se empezaron a enganchar los temas.
–¡Ay, ahí está Ale! –dijo una y saca la cabeza por la rendija de la puerta. Se pone a gritar –¡Ale! ¡Ale! Acá boluda, vení.
La chica entra.
–Che, pero no están tomando nada, bancá me voy a la barra y traigo algo.
Les juro que no sé cómo, pero ahí estaba, una barra adentro del cajero. La piba fue, se pidió un daikiri y volvió a la ronda.
A todo esto, más gente iba entrando y armaba sus ronditas, charlaban, escabiaban, bailaban y se cagaban de risa.
Yo y Nadya nos quedamos mirando perplejos.
–¿Qué hacemos? –me grita al oído
–Y no sé, ¿querés algo de la barra?
–Dios, Matías, quiero mi tarjeta.
–Ahí está, mirá.
Se voltea y ve que estaba lista para sacarla. Se da vuelta, me mira resignada y me dice:
–Ya fue, mejor vamos, ya veo que si saco la tarjeta les corto el mambo.
–Oki, vamos nomás.
Y nos fuimos. Al instante que salimos entró al cajero otro grupito de amigues de unos cuatro o cinco en total. Desde afuera parecía una pecera con tantas luces y caras, una locura.
Seguimos caminando y cada tanto volteábamos a ver cómo iba cayendo gente al baile o como el patova (sí, porque de la nada ya había plantado uno en la puerta) sacaba alguno en pedo.
...
La cuestión es que a Nadya le durmieron 500 pesos y el arroz blanco ya está por estar.





lunes, 31 de enero de 2022

Equinoccio (Juan Ignacio Pérez Campos)

Algo teníamos que hacer para salir de esta ciudad. En los días de humedad, más en aquellos en que los chubascos hacían timoratas apariciones y luego daban paso al sol rajante, la monotonía de una ciudad sin futuro nos aplastaba sin piedad. La ciudad era una jaula sin salida que machacaba nuestro ánimo, nuestras ilusiones, y nos condenaba a esperar el inicio de la semana en un domingo sin expectativas. Nos sentíamos atrapados. Teníamos que irnos, definitivamente teníamos que salir de acá pero no teníamos cómo.
En una de esas noches de tragos y charlas al azar, alguien me comentó sobre la buena plata que dejaban las carreras de caballo. Si uno tenía un buen ojo o algún buen informante que le tirara la posta sobre algún equino que se devorara la pista, era cuestión de tiempo y perseverancia para que se forrara de guita.
Compartí este comentario con dos de mis amigos más cercanos: Roberto y Maximiliano. Era domingo y no teníamos nada mejor que hacer así que decidimos ponernos a indagar un poco en el universo equino. Luego de un par de semanas de recopilar información sobre los caballos y sus mañas (ninguno de nosotros tenía idea del mundo hípico), juntamos algo de guita y nos mandamos al hipódromo a probar suerte.
Las primeras incursiones fueron un fracaso. Confiábamos que en algún momento haría su aparición la suerte de principiantes y nos daría una mano. Después de todo un mes sin rescatar un peso de las carreras, debería decir tirando nuestra plata en el hipódromo, nuestro ímpetu triunfador había mermado en un noventa por ciento. Tanto fue así que, para el domingo siguiente, ni nos habíamos mosqueado en organizar otra ida al hipódromo.

Estaba yo tirado frente a la televisión mirando un clásico capítulo de los clásicos Power Rangers cuando cae un mensaje de Roberto al grupo de Whatsapp, “Bendecidos por Pegaso”: “muchachos, rescaté unos maravedís, vamos a probar suerte, ¿qué dicen?”
“Qué más da”, pensé mientras me disponía a abandonar mi flojera. “Entre estar acá tirado perdiendo el tiempo y perderlo allá… Al menos ahí me entretengo un rato con los vagos…”.
Fui el primero en arribar al hipódromo esa tarde. Unos minutos después cayó Maxi, media hora más tarde apareció Roberto.

—Sorry por la demora, chicos. Es que necesitaba pegarme una ducha antes de salir —se excusó Roberto.
—Ja, sí, ya nos dimos cuenta… —le contesto con un dejo de burla— te quedó bien el pelo, che.
—Es que me lo lavé con Wellapon —aclaró Roberto sonriente.
—¿Posta? Yo también me lavé la cabeza con Wellapon —agregó Maxi.
—¡Boludo, yo también! —exclamé yo.
—Jaja, ¡qué grande los pibes! —festejó Maxi— Loco, cómo me costó dejar por la mitad ese capítulo en el que aparece el Power Ranger verde para venir.
—¿Vos también estabas mirando los Powers? —preguntó Roberto.
—Y sí, boludo, qué otra cosa iba a hacer si no —acoté yo— Además alto capítulo ese.
—Y bue… vamos a festejar esta feliz coincidencia morfando algo, tengo unos morlacos para unas burguers, yo invito hoy —dijo Roberto.

Minutos después, estábamos frente a la pista donde se desarrollaría la carrera. Para esta ocasión habíamos puesto nuestras fichas en Soberbia, escuchamos por ahí que hoy comenzaba su buena racha. Lo que no sabíamos es que también comenzaría la nuestra.
Al día siguiente, mandé un contundente mensaje a “Bendecidos por Pegaso”:
Bueno muchachos, está más que claro que si queremos seguir levantando guita tenemos que seguir estos pasos estrictamente todos los domingos:

-Cada uno mira un capítulo clásico de los Power Rangers en su casa.
-Antes de salir, nos duchamos y nos lavamos el pelo con Wellapon.
-Llegamos siempre en el mismo orden: primero llego yo, después llega Maxi, después Roberto.
-Compramos hamburguesas simples (tomate y pan, nada más) y un cono de papas para seguir la carrera.
A ponerse las pilas.

Repetimos este ritual las semanas subsiguientes y en todas tuvimos el éxito que esperábamos. De repente, pasamos de ser tres individuos viendo transcurrir su existencia sin sentido domingo tras domingo a convertirnos en tres jóvenes amigos con dinero y toda la vida por delante.
Motivados, el último domingo del mes nos encontramos nuevamente en las afueras del hipódromo (nuestro pelo lucía alucinante luego de la ducha wellaponiana).

—Sarpado el capítulo de hoy, hace bocha que no lo veía. No hay con que darle al Ultrazord —comentaba Maxi mientras ingresábamos al hipódromo.
—Sí, ni hablar… Che, vayan a acomodarse que yo busco las burguers y me encargo de las apuestas. Tengo la posta de hoy, Avaricia viene con toda para esta semana —dijo Roberto con seguridad.

Una tras otra, fueron transcurriendo sin éxito las carreras. La fortuna repentinamente nos había abandonado. Ni Avaricia, ni Pereza, ni Gula habían podido superar el séptimo puesto… Anonadados, y viendo como nuestro dinero se iba esfumando poco a poco, nos decidimos a jugarnos al todo o nada. Apostamos todo lo que teníamos a Ira. Esto ya no era únicamente una cuestión de plata, era una cuestión de orgullo.
Una vez que la carrera arrancó, y que Ira se posicionó a la cabeza de la prole equina, me dispuse a picar unas papas (fue tal la sorpresa por nuestra nula suerte que ni nos acordamos de probar las papas fritas). Cuando meto mi mano en el cono, palpo una textura que me resulta extraña. No, eso no era una papa frita…

—¡Pelotudo! ¡Trajiste salchipapas! ¡La reconcha de tu hermana! —le grité con toda la bronca a Roberto.

En ese mismo instante, Lujuria le sacaba ventaja a Ira y, minutos después, superaba la línea de la meta, proclamándose ganador de la carrera.




martes, 30 de noviembre de 2021

Jet Lagh (Matías Demonari)

La propaganda anunciaba la ÚLTIMA NOCHE DE JET LAGH. Cerraríamos dos meses por remodelación, y se decidió que era necesario, por el bien del personal y de los clientes, liquidar todo el material: whisky, gin, ron, vodka, cervezas, vinos, esa noche todo iba de parte de la casa.
V. Palacios, el dueño de la casa-bar, tenía la particularidad de hablar muy rápido y ser repetitivo, a pesar de eso, nos caía muy bien a todos, excepto cuando manejaba la caja registradora y tomaba los pedidos, entonces podía llegar a volverte loco. Pedía una caipiriña, al momento pedía otra y luego una más, después preguntaba ¿Salió la caipi? -Sí acá están las tres, respondía yo, para enterarme que solo debía preparar una. Entonces nunca sabías cuántos tragos tenías que preparar realmente. La tarde previa a la última noche entró sonriendo desde la puerta principal, fue hasta donde Marcos y yo terminábamos con la producción de jugos. Lo primero que dijo cuando llegó fue: -Miren... Le están grabando a una pareja cogiendo en la terraza de un edificio. No miento, tenías que ser muy rápido para leer todos los comentarios. “Tengo el video original. Háblenme al 3764 234758” escribió mientras reía desalmado. Dejé de ver y fui hasta la barra, destapé una cerveza y miré la ciudad a través de la puerta de vidrio. Después de no más de 30 minutos vi a un hombre cruzar la calle en dirección al bar, entró y se acercó hasta donde estaba tomando mi segunda cerveza -Y Palacios. Interrogó seriamente. -Está atrás. - ¡Hijo de puta! Exclamó al verlo, ¡Ya borrá mi número! Me están llenando de mensajes pidiéndome el video.
Por estas cosas Palacios nos caía tan bien.
Más tarde Marcos llegó a la barra y se sirvió un poco de jugo de naranja. Él bebía poco alcohol para ser bartender y yo demasiado. Y, sin embargo, muy pronto estaríamos a cargo de toda la casa-bar. Dejaríamos de estar cobrando en negro y contrataríamos a personas que hagan nuestro trabajo y cobren en negro. Hablábamos sobre esto, cuando el sueño comenzó a caer lentamente y sin que nos diéramos cuenta. Palacios que había salido hasta la vereda pasó por el bar como una flecha y se perdió de vista. Fuimos a buscarlo y lo encontramos en el depósito. -Ya se fue el Mercedes, preguntó. No teníamos idea de lo que estaba hablando, pero parecía que había visto al demonio -Miren si un Mercedes negro está estacionado. Marcos fue hasta la salida y cuando volvió dijo que no había más que una bicicleta. Entonces le pregunté qué estaba pasando, y se excusó con la verdad, pero una verdad a medias, casi como una buena mentira. Era una cuestión de plata que según él se resolvería con algunos movimientos que haría esa misma tarde. Palacios se fue y la tarde se hizo noche, llegaron las camareras, el DJ, y todo siguió deliberadamente su curso. No era un bar, ni un restaurant, ni un boliche, tampoco un pub, era una casa que reunía todas las características de estos lugares.
La gente llegaba y buscaba un lugar de preferencia, algunos venían directamente hasta la barra, muchas de esas personas venían a conversar con Marcos, él era un gran hablador y adulador, siempre seguía el hilo de la idea, nunca iba en contra de un pensamiento ajeno, tenía una buena técnica, casi siempre escuchaba y luego hablaba, por eso encantaba sobre todo a las mujeres. Al final de la noche trataba de que vayan hasta su casa por un trago más, yo lo intentaba a mi modo y cuando no resultaba me conformaba con la bebida. Esa noche una preciosa mujer vino a pedirme un trago, una chica que no pasaba de los 19 años, seguí su vestido negro desde sus pechos hasta solo un poco más allá de las nalgas y pasé bruscamente de las piernas a la cara, sin disimular el atrevimiento. Sonrió ampliamente y entonces pude ver una linda, pura y zorra sonrisa.
-Hola. Quiero un trago. -Hola, qué trago querés. -Algo dulce. Dijo y sonrió otra vez -Te voy a preparar algo para que vuelvas. Pensando en lo dulce que resultaba todo el asunto, saqué la botella de ron, algo de naranja, puse todo eso con un poco de azúcar, hielo, suspendí la clara del huevo del trago original y agregué algún otro ingrediente menos campestre y más tropical…. -Espero que te guste. -Gracias.
Se fue. Vi el cabello negro y largo surcándole la espalda esbelta como un sauce y también noté que el lugar se estaba llenando. Del sueño a la realidad. Ella volvió a su lugar con sus amigos y amigas, y yo retomé mi tarea habitual, toda la noche con los dedos congelados dándole a la condenada coctelera.
La sangre oscura de la noche se vende de día y de noche.
Cerca de las 1 AM, tres hombres llegaron, y se sentaron en las banquetas que estaban al lado de la barra. Uno de ellos se inclinó para decir algo, Marcos hizo lo mismo, la música estaba al palo, no pude escuchar nada, pero inmediatamente después de hablar con ellos mi compañero se acercó y me dijo -Tenemos que llamar a Palacios. Les comentó que tendría que llegar en cualquier momento y se dispusieron a esperarlo. Para poner un poco de humor al asunto les dije que tenían cara de tomar Whisky y les ofrecí un Jonny Walker. Aquel tipo que había preguntado por Palacios lo aceptó de buena gana, pero lo mantuvo en la barra sin tomarlo. Los demás no aceptaron nada. El tiempo pasó y aquel que gustaba del whisky comenzó a impacientarse. Preguntó por Palacios una vez más y después quiso saber si alguien más además de él estaba a cargo del antro. Marcos no tuvo mejor idea que decirle que cuando Palacios no estaba, él y yo nos encargábamos de todo. El tipo entonces hizo fondo, pidió otro trago y habló al oído de Marcos un buen tiempo. Recuerdo muy bien la confundida y asustada cara de Marcos contándome que el tipo quería obligarlo a tomar hasta que vuelva Palacios y que, si no lo hacía, lo mataba, y a mí también.
Aquel hombre que no pasaba de 1,60 y seguramente no pesaba más de 70 kg, tenía en su mirada todo lo que le faltaba en el resto del cuerpo para imponer miedo. Sus ojos eran veneno y bajo las nuevas circunstancias sus acompañantes me parecieron matones con estómagos de cemento. Me hizo una seña y me acerqué un poco hacia él -Va a venir o no. Por tu bien, hablale a esa rata. No me contesta los mensajes, las llamadas, no está en la casa, pero al parecer sigue apareciendo, por acá. Quién se cree que es. Quién piensa que soy. Yo no sabía qué responder, realmente, y tampoco sabía qué hacer, así que me puse a tomar una birra e intentamos explicarle que nunca administramos la economía de la casa-bar, de hecho, nos encargábamos de casi todo, menos de las finanzas. Pero el tipo estaba enfermo y el remedio que le ofrecíamos no curaría a nadie más que a un tonto. Llamé a Palacios y no contestaba, como última opción le dejé un mensaje preguntándole si volvería.
Jamás nos enteramos de cuánta plata le debía, pero supongo que era la suficiente como para matar a un hombre.
Mientras seguíamos atendiendo a las personas que llegaban a la barra, manteníamos ligeras conversaciones con los usureros. Marcos había empezado a tomar para salvar su vida y la mía. Se habían dado cuenta que no era de buen tomar y eso parecía caerles mejor. A la media hora mi compañero había ganado color y coraje. Cuando el tipo del Whisky exclamó que le gustaba que sus empleados tomen, Marcos le respondió que no trabajaba para él. Tomar hasta morir, era un asesinato con estilo y una muerte en viaje de retorno al origen, mística y retrógrada, el alcohol te iba degradando los sentidos hasta llegar a un punto en el que no entendías nada, tal y como llegabas al mundo. Los otros reían, uno de ellos me dijo que pronto llegaría mi turno, y sonrieron malévolamente, casi sonreí también.
Los tres estaban armados. Ya nos habían presentado sus brillantes credenciales informándonos que no podíamos dejar la barra, ni mantener una conversación con los clientes, tampoco podíamos hablar con las camareras, solo podíamos usar el celular para llamar a Palacios si ellos marcaban su número, en un momento saqué mi celular diciendo que iba a llamar a Palacios, ellos marcaron, pero no me atendió. -Mierda, Mierda, Mierda- dijo Marcos e hizo fondo una vez más.
Si era otoño o no a quién le importaba, las hojas tenían que caer igual.
Eran las 3 A.M. Las camareras no entendían qué hacía Marcos atragantándose en whisky, Mariana, una de ellas, vino a pedirme una ronda de tragos para la mesa 5 y de paso me preguntó qué pasaba con Marcos. Le respondí que estaba en algo parecido a una competencia que ponía en juego su vida, ella sonrió y se fue. Hacíamos bromas absurdas todo el tiempo.
Pensé que quizás era su modo cruel de reír en la vida, que tal vez no pretendían hacernos daño. Ya habían pasado casi dos horas cuando Marcos vomitó detrás de la barra y se quedó sentado en el piso con una pierna sobre lo acuoso. -No puedo más- dijo entre arcadas y lo volvió a hacer. -Casi una botella. No está mal. Pero Palacios no llegó y quiero mi plata. -Mirá Palacios es el culpable de todo, nosotros quedamos como encargados hace unas semanas, no tenemos nada que ver con la plata que te debe. -Sabés lo que pasa. -Qué -Que si yo confío en tu palabra vuelvo a cometer el mismo error. -… -A dónde vas. Fui a la cocina, busqué un cuchillo, lo escondí en la cintura debajo de la remera y volví rápido a la barra. Marcos estaba liquidado, durmiendo arriba de su propia porquería. Mariana trataba de levantarlo. Era inútil. Cuando miré hacia donde estaban sentados vi una esperanza, nuestra redención estaba en manos de la preciosa muchacha que sonreía y hablaba con el tipo del Whisky. Después de unos momentos me hizo una seña, me acerqué y me dijo Voy a volver. Y quiero mi plata. Avisale a ese hijo de puta. Salieron y subieron al Mercedes y se fueron. Le conté rápidamente a Mariana lo que había pasado para que tome sus precauciones. Que la gente se fuera o se quedara me daba igual, yo no iba a estar más. Marqué al servicio de taxi e intenté despertar a Marcos. No reaccionaba. Entonces abrí mi mochila y empecé a cargar las botellas de whisky, vodka y ron. También guardé toda la plata de la caja registradora. Levanté a mi amigo y lo saqué por la puerta principal. No era nada de otro mundo ver salir a alguien de ese modo, pero sí al bartender del lugar. Subí al taxi y nos perdimos. Dejé a Marcos en su casa, volví al taxi y fui hasta mi departamento. Llegué, cerré la puerta, giré dos vueltas a la llave, busqué las bebidas, abrí el Ron, encendí un cigarrillo y tomé un trago por mi redentora. Posadas no es una buena ciudad para eclipsarse, pero cada tanto, si no lo hacías, podías perder todo el brillo para siempre.
Al otro día me desperté como a las 11. Estaba en la cama mirando el teléfono, el video de la pareja teniendo sexo en la terraza del edificio terminaba cuando lo que parecía ser la madre de la chica, los encontraba. Había un nuevo comentario de Palacios. Lo último que me llegó de él fue a través de Noticias en línea, dos meses después de esa noche. La información decía que un vecino lo había encontrado muerto en un charco de su propio vómito y sangre. Se había suicidado de un tiro en la cien después de ingerir casi dos botellas de Jonny Walker. Cambié la página hasta la sección de empleos. Ya había vaciado todo mi material y gastado la plata de la caja. La mañana convaleciente se arrastraba por el alma de la ciudad y moría a la puerta de mi departamento, apestaba.



lunes, 22 de noviembre de 2021

(Pi Pi)

Prendo la bomba. Mamá está en el patio de atrás. La bomba es un dispositivo que recicló mi papá hace unos años cuando se dio cuenta de que al fondo del patio de adelante muy subterráneamente corría un agua, había un pozo de agua. El mecanismo para encauzarla y activar esa reserva se habilitó pronto y ahora para hacer algunas cosas de la casa se usa ese filtro de agua de lluvia. Acá llueve mucho, bastante seguido y entonces el pozo nunca está desprovisto de reserva. Cuando vuelvo me siento en el pasto a mirar a mamá. La veo levantando humo verde. Tiene una cortadora de pasto flaca, con una boca de dos alas de plástico bastante extrañas. Se la prestó un señor que no conozco y se la dejó por tiempo indeterminado. Mamá la usará tres, ¿cuatro veces al mes? No sé bien qué idea de mantenimiento tiene o cada cuánto siente que el pasto merece cortarse. Los dientes para morder están del lado de adentro: come pasto y tritura cualquier sólido alrededor, hojas secas, ramas finitas, cosas de composición diversa de la tierra. Toma la máquina con las dos manos, casi un animal salvaje que amansa. Cada tanto el cable tira, tira, tira, y ella lo acomoda, da un tirón en otro sentido y reinicia el movimiento. Los perros están alrededor. Viene P y me lame la cara tres veces seguidas, después se va. Está obsesionada con agarrar en el aire unos moscas ínfimas; tira unos mandibulazos al aire a una frecuencia que casi me molesta pero no le digo nada. Está obstinada y por alguna razón me parece bien. Al patio todavía llega luz y la luz levanta una pólvora dorada y verde que me ayuda a pensar más lento. Incluso a las moscas las percibo mejor cuando entran ahí, parecen unos puntos ocre orbitando sin base, cargados a batería. Uno de los perros está acostado contra una pared. Cada tanto se adormece. Parece cómodo. La otra no se da por vencida, sigue y sigue dándole zampazos al aire. Me quedo pensando si eso es amor. ¿Es amor eso? ¿Qué es el amor? Hace poco mi papá le escribió una carta a un perro. El perro vivía en un galpón casi abandonado que había sido del abuelo C. Lo cuidó los últimos años y hace unos días y como ya no había más remedio para curarlo de un bicho que le crecía adentro, papá decidió darle algo por sangre para que se durmiera. El perro murió ante sus ojos, recibiendo veneno por amor. Me quedo pensando si eso es amor.

Uno de los perros respira rápido. En un momento voy a apagar la bomba y veo a otro adentro, dormido o encandilado; la televisión ha estado prendida muchas horas. Cuando vuelvo mamá está envuelta en humo de pasto, la máquina escupe astillas de pasto casi como cuchillas de hielo. Pienso: algo muy manso puede ser muy letal, todo depende del elemento accionador. El pasto astilla se confunde en el aire con los puntitos color cobre, me parece que el día está a punto de llegar a su punto de gloria. Hay una pelea de pájaros en el cielo. A mamá se le enreda el cable y la máquina se frena.

Cada tanto tiempo sacarle la altura al pasto. Rasurarlo, bajarlo.
¿Qué les crece a las cosas cuando no las atiendo? ¿Depende de su naturaleza?
¿Y si las atiendo mucho?
¿Hay un mantenimiento para el amor?
Cuándo es regar cuándo aislar cuándo poner en sombra
Cuando digo amor
¿estoy pensando en qué?

En algún lado
Los pájaros
Cantan.


Sobre la autora:
Pi nació el 15 de octubre de 1990 en Posadas, Misiones. Era viernes y se había cortado la luz. El médico de turno tanteó con una mano el pozo ignoto del nacimiento y la vio luz del amanecer mediante. Su nombre de identificación cívica e institucional es María Antonella Giudice, pero casi que solamente de boca de sus padres sale el diminutivo Anto. El sobrenombre "Pi" le viene de Pippi, nombre con el que se autonombró hace muchos años al querer parecerse a un dibujito animado.
En la foto que se adjunta todavía tenía 30 años. A los 28 años, re-aprendió a leer y escribir en el taller ‘Aproximaciones al Texto’ que coordina su muy querida Carla Curti. Desde entonces, su escritura y su lectura son una hogaza de pan que crece o decrece según la temperatura de los días. ‘La casa en llamas’, ‘Las tías argentinas’ y ‘Jueves autobiográfico’, talleres coordinados por Malena Saito a los que asistió y asiste virtualmente son actualmente su conmoción y su fuego fundamental. De niña lectora de cuentos María Elena Walsh y cuentos de la colección Billiken, de adolescente lectora de poesía de Neruda, poesía de Bécquer y poesía de fotolog; de trasadolescente lectora de bibliografía diversa (ensayos académicos y narrativas varias). El cambio de ritmo en su corazón fue a los 26 años cuando vio ‘Todo piola’, una obra de teatro basada en textos de Mariano Blatt; desde entonces la poesía y la narrativa argentina del pasado y el presente siglo son un campo del que no puede salir.




lunes, 15 de noviembre de 2021

La ilusoria muerte de todo lo estable en tiempos de paz (Matías Olmedo)

Puede uno proponerse detener la caída de todas las hojas de las ramas pertenecientes al inmensamente ramificado árbol de los tiempos. Con toda la sangre y esmero que cabe en un mortal corazón, podemos aspirar a apaciguar todos los vientos que azotan letalmente nuestro ser en el efímero momento que ocupamos en el conjunto de todos los seres existentes. Reconocidos por su debilidad ante la eternidad y firmeza frente a la preservación de sus no físicas ruinas, nos deleitamos de forma muy humana ante ideas que evocan sentimientos soportablemente sufribles. Es por excelencia el amor, un sentimiento contundentemente inmenso para cada uno de nosotros. Ya no buscaba impedir la caída de las hojas, ya no me interesaba lidiar con ningún tifón hiriente dentro de mi corazón. Había asumido un papel meramente experimental y crítico ante la idea misma de lo romántico como conducta, y, de igual manera, ante el hecho del amor como un salto superior de nuestra existencia por medio de emociones y conexiones espirituales con nuestros pares. Sin buscarlo, sin sentir un dolor o inquietud angustiante, sin extrañar lo que una vez supo ser, de esa forma había repercutido en mí la experiencia del amor que había vivido con Beatriz.
En cada momento que mi antigua pareja realizaba acusaciones que exponían mi tendencia promiscua a relacionarme con las demás mujeres. Ella relataba sin conocer detalles, y sin ninguna certeza absoluta, lo que en esencia me entrecruzaba como individuo. Solía esmerarme en disponer de un número considerable de amantes. Jamás sentí que los vínculos eróticos que mantenía con otras mujeres debilitasen el sentimiento que albergaba por Beatriz. Pero, sin embargo, al haber concluido mi historia de amor, caí en cuenta de que era ese egoísta sentimiento de amor el que en verdad restaba profundidad a las demás experiencias que podía yo afrontar con alguna persona de mi agrado. El amor, como una primera exigencia implícita al notar la existencia del mismo entre dos personas, impone un orden jerárquico de nuestras emociones. Posicionándose como el epicentro regente del cual devienen un sinfín de emociones joviales y entristecedoras, se encuentra esta estructura emocional disfrazada bajo la imagen de esa persona amada. Un rostro que gobierna en silencio hasta las caricias que se propician en la lejanía sobre una piel ajena a nuestros cotidianos contactos.
Verdaderamente me encontraba yo enamorado de aquella chica que había decidido amarme sin temor a la demoniaca figura que albergaba en el fondo de mi alma. Sentía la infinitud de todo su ser ante el más mínimo contacto que tuviésemos. Es indescriptible la sensación de euforia que me invadía al sentir mis ojos desprovistos de su brillo natural por la imagen nítida que creía reflejaba la esencia misma de Beatriz. Y es este el punto crucial en el cual reside el espejismo del amor. Creer. La gran aventura de amar encuentra su materialización en el constante ejercicio de creer en la imagen que traducimos de la persona que hospeda en su ser una creencia fija de la propia imagen que traduce de uno mismo. Un juego recíproco de suposiciones que se encuentran bendecidas por un halo de seguridad plena.
No pienso detenerme a narrar sobre diversos nombres de amantes, ya que en verdad lo importante es entender cómo el amor genera un amplio sistema de imágenes que se encuentran ya albergadas en nuestra subjetividad. Es esta la explicación que encuentro hoy para reflejar la conquista innata que emprende el amor al estar verdaderamente presente. Existe una amplia cantidad de momentos o situaciones que las percibimos como únicamente posibles dentro de un ámbito imbuido por la idea de este sentimiento. Eran asombrosamente fascinantes para mí los diversos encuentros que podía mantener uno con una relación clandestina junto a una amante, y que, estos encuentros, encuentren en la forma de imágenes puntuales una rápida asociación con lo que ordinariamente se encontraba bajo el registro de lo cotidiano de mi vida. No eran las horas destinadas a las demás mujeres las que corrían a vestirse de situaciones superficialmente iguales a las que vivía con Beatriz. Eran sino las imágenes crudas de los actos vividos dentro de la esfera amorosa que invadían los momentos en los cuales las pasiones me encontraban aferrado a los muslos de otra persona. Revivía lo que vivía con mi amada en otras personas, a causa del celoso mecanismo que encuentra siempre el amor para hacerse notar como el punto nodal de nuestra vida. El amor es una placida condena que asumimos con alegría al momento de sentirnos reflejados dentro de los sentimientos del otro. Aceptando que ese sentimiento inundará cada rincón de nuestras vidas sin pedir permiso, abalanzándose sobre cada experiencia para arrebatar un trozo de espontaneidad y reduciéndolo al mero reconocimiento de lo ya vivido dentro de la autócrata línea trazada por este hermoso, solemne y egoísta sentimiento humano.

Sobre el autor:
Matías Ezequiel Olmedo Morales nació un 6 de junio de 1997 en la ciudad de Oberá. Ha concursado en diferentes certámenes literarios, obteniendo una mención especial y una publicación dentro de la antología internacional “Relatos de una pandemia inesperada II”, de la editorial Caza de Versos (México). Como autores preferidos tiene a Hesse, Kundera y Poe.





lunes, 8 de noviembre de 2021

iii (Alejandra Alejandra)

desarmar cuerpos enteros
buscando una parte que me identifique
o que se me asemeje

rearmar maniquíes
con pedazos de palabras plastificadas
y otros pedazos de plástico
a modo de borrador
de estatua rota

seguir contaminando a los que me rodean con palabras que no son
biodegradables

tatuarme noche de por medio
tu sonrisa vertical en mi boca

mojarlo todo
y ver cómo tarda en secarse


Sobre la autora:
Nacida en Rosario, pero residente en Posadas desde el 2009, tiene 19 años, 7 meses y 24 días. No tiene un recorrido literario importante salvo la biblioteca de su madre y las bocas de sus amigos. sus autorxs preferidos son los hacedores de títulos de Crónica TV, algunos carteles de la calle y eso. Esta es su primera publicación oficial aparte de los poemas publicados en Poetizer, una red social para “poetas”.
no usa redes sociales y no cree en las mayúsculas le pican los signos de puntuación a veces




lunes, 1 de noviembre de 2021

Facto (Birome Verde)

Sucede un tiempo infinito plegado hábilmente entre cuatro o cinco paredes, le descubro los dobleces y los reversos. Intento desplegarlo, sacudirlo en la ventana, quitarle el vaho amargo que dejan las noches largas y los rancios devaneos que dilean las almas.

Adentro aún llueve copiosamente, como agua de los fideos escurriéndose por un colador viejo. La gata vacila a loro, y el insignificante pulso de un segundo sortea una arruga del reloj que desde uno de los pliegues se descuida para liberar un latido. Un latido. Un solo latido que rebota del techo al suelo y viceversa, lastimando los vidrios de la ventana y la córnea húmeda que libera un río. Un río que sucede.

¿Qué sucede?

...afortunadamente pude leer todo el guion, cada una de las indicaciones que el director anotó en los márgenes intentando convencernos de su versión de los acontecimientos que la obra propone. Aún no memoricé el libreto, pero los años de formación, la experiencia y el extenso currículum me han impregnado un habitus, el training permanente de sostener el registro en el cuerpo para que el personaje hable con palabra viva, aunque esté muerto o apenas identificado en una resma de papel que lo redime del blanco.

Apenas amaine la lluvia desataré la encomienda, le arrancaré el ridículo lazo rojo con que atan los volúmenes para luego comerme uno a uno a uno los renglones, desayunar párrafos, eructar epígrafes y empacharme de didascalias.

¿Qué sucede?

...para cuando la temporada de sequía aceche, ya en Otro, Otro desplegará el tiempo infinito para apropiarse del espacio donde ensayar el arte que el director pretende. Será momento entonces de pulirse en Otro para fingir ficción, en cada acto, en cada abrirse el telón, para sangrar dolorosamente, pudorosamente, perversa-mente y cosechar los aplausos que sólo las mentiras merecen.

¿Qué sucede?

La liturgia del drama relata bordes desde donde la razón es apenas un límite filoso entre Uno y Otro (que volverá a ser Uno cuando la sequía aceche).

Si dios quiere... mientras sucede.

Sobre el autor:
Juan Guillermo García o Jayme, o bien Birome Verde, nació en Corrientes hace 43 años. Es maestro mayor de obras (aunque no ejerce) y profesor de Música casi todo el día desde hace varios años. Vive en Posadas desde la segunda mitad de su vida. Escribe creando recintos íntimos de universos clandestinos para consumo personal y eventuales compatriotas de las palabras. Ha recorrido algunas rondas de escritura coordinadas por Carla Curti, y también ha compartido la palabra durante toda la vida con no pocos escribientes y oyentes ocasionales. No posee obras publicadas y sus escritos circulan apenas de ventana a ventana cuando surge la oportunidad (el clima propicio y/o la bebida apropiada). El texto compartido se llama "Facto". Fue escrito en período de aislamiento sanitario por pandemia en 2020 y permanece suelto entre archivos de texto caóticamente desordenados.




lunes, 25 de octubre de 2021

Imaginemos, imaginar (Seres Azules)

Imaginemos, imaginar la amplitud infinita que podemos abarcar con solo concentrarnos en nuestros pensamientos. Podemos llegar a lugares insólitos, reales, platónicos, encriptados y olvidados.
La imaginación es nuestra herramienta más valiosa.
Pueden encerrarnos, lastimarnos, pegarnos, escupirnos, privarnos de todos nuestros derechos, de nuestras ropas y morales, pero algo que jamás van a arrebatarnos es la imaginación, nadie externo puede acceder a ella, ni pueden controlarla; capaz que sí intentar inducirla o direccionarla, pero ella es resbalosa y puede escurrirse hasta en los más estrechos límites.
La imaginación es poder y libertad. Y cuanto más se alimenta, más crece; es inagotable e infinita. Podemos crear y criar diversas imaginaciones, con diferentes intenciones, es nuestra aliada y tiene injerencia directa con el futuro.
La imaginación puede también traer grandes catástrofes cuando se alimenta de miedos e inseguridades, por eso hablo de la imaginación como herramienta de poder, porque puede construirse el lugar deseado o la peor de las prisiones.
Cuando dejás tu mente en modo avión, ¿tu primer pensamiento es afirmativo o negativo? ¿Pensás en tus carencias o fortalezas?
A veces cuando la realidad me tira a la hoguera y mi piel arde humeando la ciudad, la imaginación se convierte en el único lugar seguro que no huele a carne quemada; la mayoría de las ocasiones no puedo detener el fuego, pero puedo aplacar las heridas viviendo unos minutos, unos meses o unas vidas después, me voy al futuro y me traigo calma.
Imaginemos una biblioteca que simula nuestros pensamientos, aunque algunos se pierdan o no se devuelvan o se los raye encima, ellos existen y forman parte de una inminente variedad. Y un libro roto no opaca una biblioteca. Además, como esta biblioteca es imaginaria podemos cambiarla todo el tiempo, podemos ser una de esas ambulantes que van sobre un carrito y una persona recorre la playa ofreciendo ese pedacito de magia. O de esas bibliotecas renacentistas llenas de ancestros históricos y ocultismo mágico.
O una pequeña biblioteca de escuela satelital, donde los libros se escabullen en la imaginación oral y los susurros de la selva. La biblioteca es solo una excusa para entrar en un elixir invisible. Y donde la metáfora puede ayudar a entender los lenguajes simbólicos con los cuales trabaja nuestra imaginación en nuestro inconsciente.
Mis palabras naufragan libres en los ríos de mi mente y cada tanto pesco algún sueño para cobijarlo y luego devolverlo a su mundo irreal e inconcluso.
Entonces imaginemos los infinitos desiertos que podemos regar sin siquiera movernos.

Sobre la autora:
Sol Monferran A.K.A Seres Azules
Artista Transdisciplinar, escritora, animadora, música y actriz, peregrina del arte en la búsqueda constante de nuevas narrativas. Co-directora y productora de Multiversos Festival de Animación y Videojuegos. Directora y guionista de Laboratorio Azul (productora de contenidos audiovisuales, federal y transfeminista).

- Libros publicados:
“Los pies Detrás del espejo” (Novela corta, septiembre 2011)
“Nocturna Luz” (Poesía, abril 2013)
“El NEA escribe teatro. Del INT (Dramaturgia, septiembre 2013)
“Fa” libro bilingüe Español – Checo (Dramaturgias, septiembre 2014)
“Minimanías” (Poesía, junio 2015)
“Caña con Ruda” (Poesía, agosto 2021)