lunes, 26 de octubre de 2020

Cíclopes modernos (Fátima Silva)

Los verbos de nuestra era: mirar y ver

no son sinónimos, uno trasciende al otro en complejidad.

Podemos mirar el mundo para movernos

y sin embargo tropezar con cualquier cosa.

Mirar el cielo,

las calles,

el humo rezagado

o una nariz perfecta

y sólo acariciarlos

como historias pasajeras.

Ver es otro verbo

Difícil en su aspecto pragmático

Sutura en el espejo, la cruz de la moneda,

implica alteridad.

¿Vemos el sufrimiento?

cuando nos hieren

¿vemos la soledad?

cuando no hay nadie cerca

¿vemos el hambre, el frío, la quimera… del otro?

 

Somos el cíclope con la estaca clavada,

miramos el mundo con los ojos sangrantes

y la ceguera no nos inquieta

porque palpamos realidad en cuadraditos de vidrio,

pero ese es otro tema.


Sobre la autora:

Fátima Silva (26 años) nació el 13 de mayo de 1994 en la ciudad de Jardín América, Misiones. Es profesora de Lengua y Literatura desde el 2019. Su relación con la literatura fue en principio esporádica, pero se acentuó durante sus años de estudiante, con autores como: Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Albert Camus, Fernando Pessoa y más adelante con textos de Mariana Enríquez, Viola si Grado, Charlotte Perkins Gilman, Silvia Plath, entre otros. Ha indagado de manera creativa en diversos géneros pero siente inclinación por la poesía y el cuento. En 2020, dos de sus relatos fueron seleccionados para participar en la antología “Entre giros y sombras- relatos de suspenso” de la editorial Niña Pez Ediciones (Buenos Aires).








lunes, 19 de octubre de 2020

Deliverys (Cecilia Salazar)

La calle de los deliverys; ellos, asistidores de antojos, se parecen a la tristeza que toca el timbre de la puerta de tu casa cada tanto o cuando vos querés…

En una danza esquiva miro a todos desconfiada, porque uno no sabe cuál de ellos será un ladrón que podría lastimarte. Le dislocaron el hombro a la vecina, arrebatar mochilas es la nueva de la cuadra. Sigo yendo a laburar, paso todos los días por estas callecitas pensando que un buen cross podría funcionar si intentaran lo peor.

Creo que no es sólo material lo que me pueden robar, a estas alturas me han robado demasiadas veces, la inocencia, la fe, los sueños. Los recuperé con arduo trabajo, no los quiero regalar así nomás. Siempre encuentro la forma de morir parada, enfrentando miedos.

Acá se fenixea lindo, copado y el cora hace rato que me grita "cambiá tus creencias negativas, todo comienza y desactiva ahí".









lunes, 12 de octubre de 2020

¿Alguien ahí? (Kocho)

Apretamos los ojos a la inmensidad

tratando de ver más allá,

intentando develar secretos,

toparnos con la intensa luz primera

o una figura indescifrable y desconocida.

Desvaneciendo nuestra presencia,

estando y ya no, donde no quisiéramos.

Solos

tan frágiles y vulnerables.

¡¿Hay alguien ahí?!

Y el grito se pierde...

sus vibraciones no encuentran oído donde codificarse y ser.

Figuras tiesas a nuestro alrededor se mueven,

sonidos inquietos a nuestro alrededor callan.

Solos

tan frágiles y vulnerables.

Temblando

de miedo a la nada,

de miedo al todo,

de miedo a la inmensa soledad.

¡¿Hay alguien aquí?!

No, estoy solo... en mí.


Sobre el autor:
José Carlos Ojeda -alias Kocho-, de 40 años, nació en Posadas, Misiones. La literatura lo tomó de sorpresa de muy pequeño. "12 cuentos peregrinos" de Gabriel García Márquez fue el primer libro "largo" que leyó, casi al mismo tiempo que "20 poemas de amor y una canción desesperada" de Pablo Neruda. Para luego de golpe saltar a "La narración de Arthur Gordon Pym" de Edgar Allan Poe y "Más allá del bien y del mal" de Friedrich Nietzsche. Un combo caldo explosivo que generó ese apetito voraz por cada libro o texto que se le pusiera en frente y abriera su curiosidad insaciable de saber y crear; ese universo maravilloso que entra por todos los sentidos y transforma para siempre la existencia. 

Publicaciones: posee variada cantidad de textos de todo tipo en proyecto y terminados que verán la luz próximamente. 

Su material se puede encontrar en:

-IG: Losses777









lunes, 5 de octubre de 2020

Los ojos de los kioskos (Martín Mazal)

El barrio Yohasá fue en su momento un complejo de viviendas idénticas que, pasados los años, sus habitantes fueron modificando horizontalmente, invirtiendo en pisos y ambientes cuando les fue bien o dejando los ladrillos pelados y los muros por la mitad una vez que les cambió la suerte. Hoy estas casas están ocupadas por las herederas de los primeros habitantes del lugar. Muchas de ellas usan estos ambientes improvisados para hospedar a los hijos que aún no pudieron escapar del barrio. Las demás lo usan como despensa y desde una ventanita revenden la provista que con el plancito pudieron comprar. 

En la vereda de enfrente está la casa de doña Marta, ella tiene la despensa más nutrida de la cuadra, así que siempre se encuentra el fideo y la polenta más barata. Con mi novia sospechamos que, cuando ambos intentamos incursionar en la dieta cetogénica, fue ella la que esparció en el barrio el rumor de que yo ando robándome los focos del barrio para comprar droga. Habrá creído que estábamos comprándole a su competencia. 

En la casa de al lado vive Norma, una vecina muy religiosa que a través de su ventana, debajo de una virgen bien iluminada, vende cervezas, vinos y cigarrillos. Si pudiera, vendería hasta quinielas, pero como ya hay una sub-agencia en el barrio, el IPLyC no quiere cederle la licencia. Cuando uno va a comprarle, a veces se encuentra con vecinas pidiéndole despacito que por favor ya no le venda a su marido, que ese dinero con el que le compra es de la asignación y deben ocuparla para las cosas del niño. Norma promete complaciente, pero nunca cumple con su palabra. 

En la esquina, frente a la plaza, vive doña Rosa, que acaba de abrir un kiosko y aprovecha para venderle a los pibes que juegan al fútbol. Rosa es la única que tiene los chicitos y cigarrillos que nos gustan, así que le compramos por lo menos dos veces a la semana, y si va ella sola, siempre le pregunta si soy buen esposo. A su marido lo conocemos desde hace rato porque tiene un taller en el garaje de su casa. No tiene muchos clientes, pero suele tomar mate en la puerta hasta altas horas de la noche y más de una vez nos hizo el favor de inflarnos la bici con su compresor. 

Con todos estos kioskos, no se encuentra en la cuadra lugar para comprar cerveza después de la medianoche. Si algún fin de semana nos quedamos con las ganas pasadas la hora de la prohibición, tenemos que golpearle la ventana a la casa de los Maidana, una familia que vive en la calle paralela. Por suerte, a los diseñadores del barrio se les ocurrió poner un pasillo en el medio de cada cuadra y no tenemos la necesidad de dar la vuelta a la manzana cada vez que queremos comprar cerveza. Ahora, si en el camino uno ve dos o tres chabones en medio del pasillo, hablando como si estuviesen negociando, es mejor seguir de largo. 

Así como por las noches hay que andar con cuidado en el barrio, durante el día uno tiene que cuidarse de los rumores. Uno debe ser precavido, porque adentro de cada ventana hay ojos vigilantes y bocas asiduas a inventar chismes. Si algún vecino te ve saliendo de casa muy seguido, por ejemplo, puede comentarle al puntero que ya no vas a necesitar los bolsones de los sábados, porque se ve que ya conseguiste trabajo. 

Por suerte, con mi novia ya encontramos la forma de encarar esos problemas que uno va enfrentando. A mitad de cuadra hay una casa, que siendo honestos es solamente un quincho con un baño, una pieza y un posnet para vender números de quiniela. Allí los dueños de los pasillos se la pasan jugando a las cartas, escuchando cualquier tipo de música, desde Bad Bunny hasta Creedence Clearwater Revival. En la vereda, bajo la sombra de un mango, está siempre sentada la abuela del barrio, una anciana de esas que dan ganas de abrazar, de piel morena y desgastada, que con sus mejillas pesadas y pequeños ojos dedica una amable sonrisa a quienes pasan por la calle. Cada vez que tenemos un asunto que resolver en el barrio, mi novia cocina un budín de anís y se cruza en frente a compartir un mate con ella. Se queda un par de horas, charlando de bueyes perdidos y encontrados como dos vecinas poniéndose al tanto. Y al otro día, como por arte de magia, cualquier problema quedó solucionado.


Sobre el autor:
Nacido y malcriado en Posadas, Martín Mazal cuenta con 32 años y una licenciatura en Comunicación Social. En su por distintos trabajos académicos y periodísticos, se puso como meta construir ficciones de lo real, para encontrar narrativas dentro de la cotidianidad que puedan describirlas sin despojarla de las ironías y el absurdo que siempre se pierden en la traducción a géneros más formales. Sus mayores influencias son David Foster-Wallace, Marín Caparrós, Irving Welsh y Emilio Cicco.

Publicación: “El tormento del espejo”, publicado en “Vislumbrando Horizontes” – Libróptica 2014 referato: 1410132329716