lunes, 7 de diciembre de 2020

Egypt Station (Juan Ignacio Pérez Campos)

 I'm looking through you, where did you go

I thought I knew you, what did I know

Suena esta simpática canción otra vez. La alarma interrumpe mi sueño y me indica que tengo que activar una mañana más. Bueno, en realidad ya está anocheciendo… La imposibilidad de salir alimenta mi vicio de noctámbulo empedernido. Con un ojo aún dormido y el otro ya activo, manoteo el aparato y luego reviso el mensaje que me llegó al Whatssap. Es Ídem: Iso, es la única foto que te pude conseguir.

Una calle oscura con iluminación paupérrima. Un auto escarlata del siglo pasado estacionado en una acera. Una pierna emergiendo del vehículo y haciendo pie en la vereda. Todo esto difuminado por la calidad de una lente fotográfica en movimiento. Si Ídem pretendía aportarme claridad con una foto así, su intento ha sido más que vano…

Mi nombre es Juan de Dios Isóscele; mi profesión, detective privado. Resido en una callejuela del barrio de los Atajamales. Y a pesar de la naturaleza noble de mi profesión, tampoco tengo permitido salir a hacer calle en estas épocas de cuarentena absoluta. Ídem es el oficial aliado mío que mata sus horas patrullando la ciudad, ahora totalmente vacía. Justamente esa es su misión en estos tiempos: controlar que nadie quiebre la orden de estricto confinamiento hogareño, ni siquiera yo: No soy yo el que te castiga Iso, es la ley; vos sabés cómo es, jugás para el mismo equipo que yo…

Abandono mi cama de una buena vez. Me predispongo a comenzar mi tarde-noche. Abro mi notebook y lleno mi taza con los cereales para mi desayuno tardío; sí, esos de la caja con el pajarito de pico de colores. Estoy tras un caso de contrabando ilegal de cigarrillos. Las fronteras están cerradas y el desabastecimiento se está haciendo sentir con crueldad. Pero mi trabajo no consiste en hacer caso a los sentimentalismos de la abstinencia. Yo fumo para el lado de la rectitud.

Cuando me apresto a iniciar mi actividad, la luz se corta. Otro apagón más y van… Quedo completamente a oscuras; únicamente el destello de las pantallas de la computadora y del celular me iluminan. Ni siquiera puedo contestar el mensaje de Ídem, la conexión de internet no funciona sin energía eléctrica…

Para no interrumpir mi labor, y para matar el aburrimiento, amplío la foto que Ídem me había enviado. Luego de revisarla varias veces, noto que quien está descendiendo del auto lleva puestas unas medias grises con el logo de Brasil 2014 que me resultan familiares. ¿Dónde las vi antes?

Viene a mi mente entonces un vago recuerdo. Un local, una botella de vino, una reunión de aficionados a la enología, un vendedor que se expresaba como el mejor de los sommeliers; mis ojos desviando la atención, apuntando hacia el piso y notando las medias en cuestión. Ya está, ya recuerdo, puedo ponerle rostro a quien las portaba: el Dogo Godoy.

¿Acaso existe alguna probabilidad de que mi proveedor de buen vino se exponga a la venta de cigarrillos transfronterizos?

No voy a quedarme con la duda. Ante la imposibilidad de rastrear información alguna por las redes (sí, tengo varios perfiles falsos de Facebook e Instagram que más de una vez me han brindado pistas fundamentales), me aventuro hacia las calles.

Me instalo en la esquina del local de El Dogo. A medida que voy acercándome, escucho murmullos que provienen de su interior. Por la avenida que corta la callecita, veo pasar una patrulla a gran velocidad. En ese instante, caigo en cuenta de que estamos en cuarentena y que al encontrarme deambulando soy carne de cañón. No voy a exponerme a que me suceda algo. Yo juego para la justicia, no soy yo quien debe estar tras las rejas…

Decido entonces llamar a la seccional haciéndome pasar por un vecino indignado y denunciar a la gente del local por ruidos molestos y música fuerte, además del delito de reunirse durante época de pandemia.

Arriba el patrullero al lugar, con Ídem a la cabeza, y luego de tocar la puerta varias veces sin éxito, los agentes policiales irrumpen en el local. Yo, escondido detrás de un árbol, observo cómo del interior del recinto salen los policías con un grupejo de personas, entre ellas El Dogo Godoy. Al rato, sale Ídem con varias gruesas de cigarrillos de origen brasilero. Al renombrado sommelier y a sus cómplices les aguarda una buena estadía en la cárcel por tráfico de cigarrillos.

La jornada ha sido productiva y me ha servido como buena excusa para romper con la monotonía de días de encierro hogareño. Más allá de las tensiones que causa el hecho de circular por vía pública a merced de policías que no van a oír razones, me puedo retirar con la hermosa sensación del deber cumplido y la conciencia de que algo ha quedado bien claro para todos: La justicia sólo fuma nacionales.

Soy Juan de Dios Isóscele, detective privado del barrio de los Atajamales. Regreso a mi casa antes de que la patrulla me vea…




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