jueves, 1 de julio de 2021

Reseña: Porfiado, el "graduado" latinoamericano

Mi viejo solía decirme que “El Graduado” fue la película que mejor capturó los conflictos culturales que atravesaban a la juventud de su generación. Que la escena de la fiesta familiar, en que Dustin Hoffman era abordado por los amigos de su padre con propuestas laborales representaba ese momento final de la juventud lleno de presiones por tomar decisiones que marcarían el resto de tu vida. Que cuando el personaje se sumergía en la pileta con su traje de buzo era para escapar de estas presiones. Que la última escena, aquella en que permanece junto a Elaine Robinson en el autobús después de realizar la faena romántica que en apariencia la rescataría de su familia y de esa vida determinada junto a otra persona, con sus caras en silencio ambientadas por la melancolía de Simon & Garfunkel, afirma que ese fatídico destino debía ser transitado de una forma u otra. Y que por más romántica que haya parecido en principio la decisión de escapar juntos, ese escape terminó siendo otra decisión de la que deberían hacerse cargo por el resto de sus vidas.

Pero una película como ésta nunca iba a representar a los jóvenes de mi generación. Habiendo tenido que crecer en la era de las becas y posgrados eternos, de las pasantías y contratos basura, nuestro miedo nunca fue el advenimiento de la angustiosa estabilidad adulta. Todo lo contrario, nuestra angustia generacional está más ligada a la permanencia en un limbo que parece extenderse hasta edades más y más avanzadas. Ya quisiéramos conocer empresarios que, como a Benjamin, nos ofrezcan estabilidad laboral apenas nos graduamos. Ojalá hubiésemos tenido la posibilidad de tomar una decisión que importara tanto. En cambio, cada paso que damos en ese sentido parece llevarnos de vuelta al principio y nos atrapa en una espiral de “juventud” que, dependiendo de la conversación, es un sustantivo que promete grandilocuencias o un adjetivo para justificar y hasta desestimar ansiedades.

Por suerte, Cuarteto de Nos sacó en 2012 su disco Porfiado, un llamado para esa juventud millenial que intentó hacer lo mejor con lo que les dejó el posmodernismo. Escapándose de los temas sexuales tan típicos de la adolescencia más hormonal, el disco se arma de dicotomías irónicas para recorrer las vicisitudes de la juventud pos-20 latinoamericana

El disco comienza con “Algo mejor que hacer”, una inescrupulosa reivindicación de aquellos que pudieron asumir el absurdo de esta etapa y cortarle la manga con éxito a las presiones de afuera. A quienes son capaces de salir a la calle aplicando exitosamente la filosofía del chupahuevismo y el mesobismo sin culpa, para resbalar de cualquier responsabilidad por no cumplir con los mandatos que otros quieran imponerle.

“Cuando sea grande” es una denuncia al progenitor, pero el padre al que se le reclama en esta canción no es ni violento ni abusador, sino uno más mundano. Es la tragedia del Superman de nuestra niñez que, al crecer y conocerlo en su día a día, se va transformando en ese triste y resentido fracaso que parece que solo vive para reclamarle al pasado. La canción es ese grito espantado de quien intenta desligarse de su herencia en un intento por escapar de la tragedia familiar.

Tanto Benito como Paul son personajes metafóricos. El primero encarna aquellos resentimientos que nos acompañan cada vez que sentimos no llegar a cumplir nuestro potencial, pero, a diferencia de “Cuando sea grande”, en vez de quedarse en la responsabilización del otro por aquello en lo que nosotros nos convertimos. La canción se rinde a la pulsión violenta y la refuerza con unos coros épicos que hasta Medea envidiaría, describiendo un bullying que incrementa oscuramente hasta una venganza encriptada pero no por ello menos satisfactoria.

Paul, en cambio, es ese misterio que envuelve a toda fiesta a la que no somos invitados, en esos “balcones” que pueden mirarse desde la calle, con gente que parece salir solo para llamarte con la seguridad de que no vas a poder alcanzarlos. La música, rock bailable que parece una mezcla entre la narcótica “Voto latino” y la fiestera “Walking on the Sun”, envuelven al balcón de Paul en un glamour sádico que seduce solo por su exclusividad y prolonga la sed en ese grito final, como un coito restringido

“Del otro lado de la calle” es una oda al progre que, lejos de la ignorancia característica del apolítico, reconoce la necesidad de las luchas colectivas, pero se rehúsa a ser utilizado para la conveniencia de quien enarbola la bandera, construyéndose en cambio un lugarcito desde el cual poder aportar, comprometidamente, sí, pero desde su individualidad, moleste a quien le moleste.

“Solo estoy sobreviviendo” parece hablarles nuevamente a esas a presiones sociales que aparecen cada vez que nos tomamos un tiempo para entretenernos en nuestros placeres, como un “Algo mejor que hacer” más en tono justificativo. Pero también puede ser una introspección liberadora de los fundamentalismos adolescentes, en la que uno tan fácilmente cedió sus pasiones más espontáneas, y se privó de placeres culposos para pertenecer a una tribu urbana que comienza a apretar y quedarnos chica después de los veinte.

Las canciones de Tavella les aportan un descanso a los monólogos de Musso. En vez de desarrollar una idea, Santiago nos pone en situaciones hilarantes que son propias de la etapa, pero esencialmente infantiles, como la negación histérica del deseo, las postales de autosuficiencia o las ganas de provocar envidia. Su humor kitsch, pero no por ello menos inteligente, es propia del adulto que se la pasa mirando series de Cartoon Network, satisfaciendo al mismo tiempo su madurez intelectualidad y los deseos escatológicos de su niño interno.

En “Vida Ingrata”, “Insaciable” y “Lo malo de ser bueno” se reiteran los mismos temas, pero desde otros ángulos (que a esta altura Roberto parece desprenderlos infinitamente como fractales). Esta vez el absurdo social recae sobre la juventud en forma de meritocracia, consumo, explotación e inmoralidad legitimada. Finalmente, el disco termina con “Todos pasan por mi rancho”, la payada del solitario, condenado a la tragedia de las relaciones efímeras y superficiales, debiendo renovarse y preparar siempre su hogar para visitas que nunca se quedan.




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